Mt. 8. Si quieres puedes limpiarme.


Cuando bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto, un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: «Señor, si quieres puedes limpiarme.» El extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Y al instante quedó limpio de su lepra. Y Jesús le dice: «Mira, no se los digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio."

Quiero, queda limpio.

El gesto de Jesús, acercando su mano para tocar la lepra de aquel hombre, debió impresionar mucho al evangelista. No era frecuente que los leprosos se acercaran a la gente, pues tenían obligación de abandonar familia y posesiones, para vivir desterrados fuera de las aldeas. Su enfermedad era considerada como un castigo de Yahvé por algún pecado personal o del pueblo. Jesús, con un gesto así, podía quedar contagiado de esa terrible enfermedad y, además, caía en la impureza legal de tocar a un leproso. Pero, sanando su enfermedad, el Señor quería curar, sobre todo, ese corazón humano, tan mezquino y encogido, que teme a Dios como a Aquel que castiga impasible y despiadadamente la debilidad y la miseria del hombre por Él creado. Jesús quiso sanar el corazón leproso de aquellos discípulos, mostrando cómo la mano de la compasión y la ternura de Dios es capaz de tocar y sanar toda llaga humana. Aquella mano de Cristo, acariciando sin titubeos la carne desfigurada y maloliente del leproso, hablaba a las gentes de un amor de Dios compasivo y tierno, que la ley judía y la justicia de los hombres eran incapaces de sospechar.

En mi vida, no me puedo cansar de presentar al Señor esas llagas del alma, quizá siempre las mismas, por las que supura el hedor del pecado y egoísmo. Dios quiere sanar, en mi y en los demás, esa lepra que deja el mal, que nos postra en el destierro de la separación de Dios. No podemos dejar que la lepra de la tibieza, de los agobios y cansancios de la vida, de los dolores y afanes del día a día, desfigure el rostro y la vida del alma.

También muchos esperan de nosotros que seamos esa mano por la que Dios toca y alivia tanto dolor y sufrimiento. Que podamos sanar y aliviar el dolor y sufrimiento.

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