Mateo 14, 15. Despide a la gente.



Al desembarcar, Jesús vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. Al atardecer se le acercaron los discíplulos diciendo: El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida. Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer. Dícenle ellos: No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces. El dijo: Traédmelos acá. Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente."

Se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente.


Aquel día había sido agotador. Era tal la cantidad de gente que se agolpaba para oír su predicación, para ser curada de sus enfermedades, que los Apóstoles no llegaban a todo. Así que, aprovechando la hora del atardecer, insistieron prudentemente al Maestro para que fuera ya despidiendo a la gente. Estaban en un descampado, muchos de ellos tenían que hacer una larga jornada de camino para volver a sus casas, y no habían traído nada para comer. También el Maestro estaba muy cansado y, además, la noche podía caer muy pronto. No era conveniente prolongar más aquello.

Muchas veces nos sentimos cansados, abrumados o desgastado por la vida y situaciones que vivimos como aquellos cansados Apóstoles, tendemos a un cristianismo suficiente y cumplidor, pero no siempre ponemos la atención a los que nos rodean sino en nosotros mismo, no pocas veces nuestra entrega se basa en los otros sino en como nos sentimos acorde con el patrón y la opinión del mundo. Y todo, quizá, en nombre de la sabia prudencia humana. Por eso, el Señor siempre descoloca nuestros planes y, como aquel día a los Apóstoles, no cesa de invitarnos a más: “No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer”. Si el Maestro hubiera cedido a las exigencias de la comodidad mediocre y cumplidora de aquellos Apóstoles, no habría podido hacer el milagro grandioso de la multiplicación de los cinco panes y dos peces. Bastó sólo ese poco de pan, eso poco que en aquel momento podían darle al Señor, para que Él multiplicara con abundancia el esfuerzo de aquellas gentes cansadas. Todos se saciaron, y no sólo de pan, al ver aquel poder magnífico del Señor inclinándose ante la necesidad y miseria de los hombres. Debemos mirarnos si la comodidad, las excusas, los intereses personales, no están haciendo de la fe un pan desabrido y seco que ni sacia, ni gusta, ni es capaz de abrirse y acoger la acción de Dios.

Es cierto Dios siempre pide más, como Él lo dió, el milagro lo hace Él, pero quiere la colaboración de nosotros, sea por los panes o por distribuirlo a los que nos rodean.

De nada hubiera servido la multiplicación si no se reparte de modo ordenado y sistemático.

Él hará los milagros necesarios siempre que estemos dispuestos a darnos.

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