Martes 21 de abril 2020

Actualizado: abr 22

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,32-37):


EL grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.

Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.

José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la consolación, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.


El grupo tenía un solo corazón y una sola alma.


La generosidad es la virtud de las almas grandes, que encuentran la mejor retribución en el haber dado. La persona generosa sabe dar cariño, comprensión, ayudas materiales.... y no busca a cambio que la quieran, la comprendan, la ayuden...Da y se olvida que ha dado. Ahí está su riqueza. Un alma generosa sabe olvidar con prontitud las ofensas que se producen en la convivencia diaria; sabe sonreír y hacer la vida más amable a los demás, aunque este con sus propios problemas.


La primera comunidad que se formó, busca el bien de los demás, cada uno ponía al servicio del otro su dones y talentos y tenían un mismo fin, un mismo corazón. Ser seguidor del resucitado no sólo es creer en Él, es vivir sus enseñanzas, en donde el nos dijo " no he venido a ser servido sino a servir".

Dar en los buenos momentos, y sobre todo en los malos, es lo que nos hace ser discípulos de Jesús, es pensar siempre el bien de los demás antes que el mío propio, que es lo que los discípulos empezaron a vivir.

Antes de normar la vida de la primera comunidad, la primera exigencia que se impusieron era la caridad, en donde todos se enriquecían. Dicen los Hechos que se les miraba con mucho aprecio, porque siempre estaban atentos unos de otros.


Muchas veces reducimos la generosidad a un aspecto material, en dar cosas, y si bien se incluye, es importante entender que la generosidad consiste no en dar sino en darse. En salir de mi mismo y mi mundo con sus problemas, y ver al que está junto a mí. Muchas veces vale más dar un consejo, mi tiempo, mis conocimientos, mi apoyo o aliento a aquellos con los que convivo. Los primeros discípulos lo ponían todo en común, para el bien de cada uno y se repartía no de forma igualitaria, sino según lo que necesitaban. Puede ser que mis problemas sean mucho mayores que los de los demás, pero el alma generosa deja de pensar en si para darle a quien lo necesita.


Cada gesto, cada acto que hagamos por los otros, son actos hechos al mismo Jesús, El mismo Dios que nos ha colmado de bienes, nos pide aquí en la Tierra que los compartamos con Él, sólo es devolver algo que Él nos dió primero.






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