Lucas 21. Ella ha dado más que todos.


".Alzando la mirada, vió a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir.»"

Ha dado de lo que necesitaba.



Debía ser una distracción común en Jerusalén sentarse frente al arca del Templo, en medio del bullicio del lugar, para observar el trajín de gentes que se acercaban a echar dinero. Allí se sentó Jesús, como uno más, observando el menudear de aquellos ricos y fariseos que tanto gustaban de pasearse entre la gente, luciendo sus amplios ropajes y disfrutando de la admiración y las reverencias de todos. Sus largos rezos iban acompañados de la ofrenda de grandes fortunas, que después dejaban correr de boca en boca, entre los comentarios curiosos de la gente.

Todo lo que hacemos por los demás es valorado por Dios. Dios no necesita de nosotros pero nos invita a dar de lo que tenemos, pero hay una gran diferencia entre dar lo que me sobra y dar de lo que necesito; no importa si es tiempo, consejos, o dinero.

De aquellos bienes que Dios me ha dado podemos compartirlos, aunque signifique un sacrificio personal.

Los ojos de Cristo, que sabían escrutar en verdad el corazón de todas aquellas ofrendas, sólo se fijó en las dos moneditas de una viuda pobre. Aquella mujer, acostumbrada a darlo todo, a darse por entero, se entregó a Dios en aquellas dos únicas monedas que le quedaban. El corazón de Cristo, también acostumbrado a darlo todo, a darse totalmente, se estremeció embelesado ante aquella mujer, por su forma tan sencilla de dar lo más grande.

Si la intención de los que daban en el templo era por quedar bien, aparecer, obligación o porque no les implicaba ningún esfuerzo, Dios lo sabe y todo será recompensado de acuerdo a la generosidad de nuestro corazón.


Nuestros ojos, acostumbrados al gusto aparente de lo grandioso y llamativo, se deslumbran cuando contemplan las grandezas humanas, sus honores y reconocimientos.

Sólo los ojos de la fe, esos que ven las cosas con la mirada misma de Dios, son capaces de atisbar la hondura y profundidad del don pequeño y cotidiano. si podemos darlo todo. Tampoco nos fijemos en lo que damos, sino en cómo lo damos. No necesita Dios nuestras monedas, las obras, los méritos, los títulos, la fama, las cualidades. Quiere, en cambio, que nos demos para que Él pueda entrar en nosotros y hacer de la vida un verdadero Templo.

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