25 de mayo 2020. Jesús sana a un leproso.


Jesús sana a un leproso

Cuando bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre.

En esto, un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: «Señor, si quieres puedes limpiarme.»

El extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Y al instante quedó limpio de su lepra.

Y Jesús le dice: «Mira, no se los digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio.


Señor, si quieres puedes limpiarme.


En Israel había una normativa muy estricta sobre la lepra (Lv 13). Cualquier persona que tuviese un eccema en la piel debía acudir a los sacerdotes para que emitieran su juicio. Si el sacerdote dictaminaba que se trataba de lepra, cambiaba totalmente la vida de esa persona. A partir de ese momento era declarado impuro y debía irse de la ciudad o pueblo para vivir apartado. Debía cubrirse completamente y si tenía que acudir al pueblo, debía anunciar a gritos que era impuro, un maldito, rechazado por Dios por culpa de sus pecados.


Cuando una persona se enfermaba de lepra, tendría que ver en que había ofendido a Dios y hacer penitencia y oración para ser perdonado, pero en ocasiones ni ´le sabía que era lo que había hecho mal para ser rechazado por Yahvé.


Si un leproso se acercaba a los pueblos o personas, la ley de Moisés mandaba apedrearlos, con lo cual vivían en cuevas fuera de los pueblos y ciudades.

Jamás volvía a estar cerca de la familia, perdía trabajo, hogar, todo.

A familia a lo mucho le dejaba en algún lugar cercano ropa y comida, pero nunca mas volvían a estar juntos.


Cuando el leproso del evangelio se acerca, corría el riesgo de ser rechazado o maldecido cuando no apedreado por l gente. Sin embargo este hombre, tal vez desesperado, pero buscando la redención, se acerca a Jesús, se postra reconociendo su pequeñez y la grandeza de el Señor y le suplica, "si quieres puedes limpiarme".


Jesús no sólo no lo rechaza, sino que lo acoge y lo toca, podía haberlo curado en la distancia, pero quiere tocar a ese hombre enfermo y sanarle, el cuerpo y el alma. Y sólo dice: ¡quiero!.


Nosotros muchas veces hemos ofendido al Señor, hay personas que en ocasiones habrán cometido faltas muy graves, pecados terribles, que hace al hombre un leproso y por lo tanto rechazado por el mal causado.

Pero Jesús no ve el pecado, ve al hombre, herido, enfermo, rechazado y arrepentido, que se acerca a buscar la salvación para que pueda reintegrarse con los suyos.

Jesús no los rechaza, no me rechaza, sino espera que le pida ser curado, sanado sin importar el pasado, siempre que esté dispuesto a volver a Él.

Jesús le dice "no se lo digas a nadie", pero aunque no lo diga, un hombre curado se ve, ya no va cubierto por andrajos y escondido en cuevas, se nota que está sano, que ha recuperado la salud y ya no podrá contagiar a nadie.

Y le pide que cumpla con la ley, ve y presenta la ofrenda por el bien recibido por Dios, la gratitud a haber sido rescatado y como testimonio para los demás.

Cada uno de nosotros hemos sido curados muchas veces, pero es necesario ser agradecidos y ser testigos de la misericordia del Señor, para que los otros, los leprosos que nos topamos en la vida, puedan tambien ser curados.



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