Evangelio de Lucas, 10,30. Y ahora, ¿de qué me quejo?

"Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. 39.Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Martha estaba atareada en mucho quehaceres.

Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.» Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.»"



La costumbre de quejarnos.


Solemos vivir con una permanente queja en los labios. Nos quejamos del cansancio, del trabajo, de las tareas diarias, de la forma de ser de los demás, de las cosas que no salen como habíamos planeado o como nos gustaría que salieran, de nuestros achaques físicos.

A veces es síntoma de nuestra tendencia al pesimismo y nos quejamos porque tendemos a valorar más lo negativo que lo positivo de las cosas y personas. Otras veces nuestras quejas son sólo un mecanismo sutil y casi inconsciente para atraer la atención de los demás y conseguir, aunque sea por un momento, ser el centro de la conversación o de la situación. A veces la queja es sólo un desahogo demasiado espontáneo del que luego solemos arrepentirnos por la ligereza con que solemos quejarnos.

En cualquier caso, con la queja no aliviamos nuestro pesar y sólo conseguimos dar una imagen pesimista y apesadumbrada de la vida e incluso de Dios. Nuestras quejas tienen mucho de egoísmo y de superficialidad en el hablar y nada que ver con la aceptación de uno mismo y del modo de actuar de Dios. En el fondo de nuestras quejas se esconde, bajo la apariencia de bien, mucho de nuestro soberbio ‘yo’ y pueden convertirse en un modo sutil e injusto de echarle en cara a Dios muchas cosas.

Martha estaba tratando de hacer lo mejor posible para atender al Señor y los discípulos, pero en lugar de hacerlo con alegría, se fija en que su hermana no le ayuda y le deja toda la carga.

Pierde de vista a quien sirve, pierde la paz, su corazón se enoja y se siente tratada injustamente porque le dejaron la dejaron sola. María eligió la mejor parte, dice el Señor escuchar, atender, compartir un momento con el Señor y aprender de las enseñanzas.

Al final ¿quién ganó más? Y no es por el cansancio o el trabajo realizado, sino por el fruto que queda en el alma: paz, alegría, satisfacción, o por el contrario enoja, rabia, sentimiento de injusticia...

Relee el Evangelio y verás que jamás salió de los labios de Cristo una mínima tilde quejumbrosa y lastimera contra los designios del Padre, contra su modo de hacer las cosas, contra la injusticia de la Cruz. Tampoco el corazón de María albergó ningún atisbo de queja aun cuando las circunstancias en que se iban realizando los planes de Dios eran humanamente tan absurdas, difíciles y contrarias. Llévale tus quejas sólo a Dios y verás que las convertirá en amor y entrega a Él. 

Y yo ¿ de que me quejo?

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