El Rico insensato.



Lucas 12, 13.


Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia.  Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho.  Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?  Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes;  y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.  Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?  Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.


Insensato. sólo Dios basta.


Nos creamos necesidades pensando que obteniendo cosas materiales o cultivando la vanidad, podremos ser más felices, sin embargo el vacío interior sigue y no logramos colmar y satisfacer el corazón. Nos agarramos a la aparente seguridad de tener cosas, esas que envidiamos a otros, sólo porque creemos compensar así tantas carencias interiores que no sabemos, o no queremos, llenar de Dios. Acostumbrados como estamos a lo caduco y a lo material, sustituimos a Dios, a quien no podemos ver ni tocar, por esos otros sucedáneos, que nos dan un poco de comodidad y bienestar, aunque sepamos que se acabarán pronto. Y, de la misma forma que, en el orden material, almacenamos y necesitamos cosas, así también creemos que, en el orden de lo espiritual, llenando de actividades y eventos que muchas veces no son por el bien del otro sino para tranquilizar la conciencia o satisfacer nuestra vanidad.

Sólo en la medida en que vayamos haciendo de Dios la única y mayor necesidad, sabremos usar y calibrar las cosas y actividades del mundo con la libertad que pide la vocación cristiana. Si no necesitamos de Dios para vivir, es que aún no hemos encontrado la verdadera vida. Y, si lo que necesitamos es vivir sin Dios, es que aún no hemos empezado a conocerle, aunque llevemos, quizá, mucho tiempo cumpliendo con los preceptos y mandamientos. El Verbo se hizo carne entre otras cosas para mostrarnos la necesidad que tenemos del Padre. En su corazón humano y divino abrazó la pobreza radical de nuestra condición, que, siendo tremendamente menesterosa y necesitante, no sabe colmar su carencia sino con la propia ambición de nuestro «yo». Cuánta libertad en ese corazón de Cristo, que sólo buscaba al Padre. No queramos ambicionar lo que, un día, habremos de dejar aquí en la tierra. Ambicionemos sólo ese amor de Dios, capaz de llenar y saciar los rincones más necesitados del alma. Dios no tiene necesidad de nosotros pero quiere ser la única posesión. Sólo Dios basta para la verdadera realización de cada uno de nosotros.

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