Amigo ¿con un beso me entregas?


Todavía estaba hablando Jesús, cuando Judas, uno de los doce discípulos, llegó acompañado de mucha gente armada con espadas y palos. Iban enviados por los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos.  Judas, el traidor, les había dado una contraseña, diciéndoles:

–Aquel a quien yo bese, ese es. ¡Apresadlo!

 Así que, acercándose a Jesús, dijo:

–¡Buenas noches, Maestro!

Y le besó.  Jesús le contestó:

–Amigo, lo que has venido a hacer, hazlo.

Entonces los otros se acercaron, echaron mano a Jesús y lo apresaron.

 En esto, uno de los que estaban con Jesús sacó una espada y cortó una oreja al criado del sumo sacerdote.  Jesús le dijo:

–Guarda tu espada en su sitio, porque todo los que empuñan espada, a espada morirán.  ¿No sabes que yo podría rogar a mi Padre, y que él me mandaría ahora mismo más de doce ejércitos de ángeles?  Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que estas cosas han de suceder así?

 Después preguntó Jesús a la gente:

– ¿Por qué venís con espadas y palos a arrestarme, como si fuera un bandido? Todos los días he estado enseñando en el templo,f y no me apresasteis.  Pero todo esto sucede para que se cumpla lo que dijeron los profetas en las Escrituras.

En aquel momento, todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron.



Buenas noches, Maestro! Y le besó.


A veces, el comportamiento de personas de la Iglesia nos pueden escandalizar. Algunos no pueden imaginarse que sacerdotes, religiosos o gente consagrada, puedan tener una vida que no sea coherente con su estado eclesial. Sin embargo, la condición humana es algo inherente a todos, y la Iglesia está formada también por hombres y mujeres limitados, y, por tanto, también pecadores.

Gracias a Dios, se tratan de situaciones excepcionales, pues a lo largo de la historia son mayoría aquellos que con generosidad y entrega han ido gastando su vida en bien de las almas. Lo que ocurre es que esa manera de vivir, en todo el mundo, siempre se ha producido de manera silenciosa y escondida, sin esperar, en la mayoría de las ocasiones, el reconocimiento y el aplauso de los demás. Un sacerdote, por ejemplo, que en un pueblo olvidado, donde tiene a su cargo una veintena de almas, y que cada día, con su oración, y el ejercicio de su ministerio, dispensa los misterios de Dios a sus feligreses, no es precisamente una noticia en la portada de un diario sensacionalista. Tampoco lo son los que en países del tercer mundo entregan su tiempo y consagración a atender a aquellos que son marginados o despreciados… Mitigar ese dolor o sufrimiento es descubrir en cada uno de esos rostros el mismo rostro de Cristo Jesús, no el de la compensación humana, ni de cualquier tipo de triunfalismo mundano.

Que nadie caiga en el puritanismo de pensar que todos los que tienen alguna responsabilidad en la Iglesia, gozan por ello de la “inmunidad” para pecar. Judas acompañó al Señor hasta que lo entregó en Getsemaní por un puñado de monedas. Jesús lo sabía, desde el principio, y nunca lo denunció públicamente, sino que en todo momento esperó el arrepentimiento de aquel que le traicionó. ¿Seremos tú y yo más que el Hijo de Dios para juzgar o condenar? Es el misterio de la libertad. Lo que el Señor espera de cada uno de nosotros es nuestra oración y entrega personal en lo que nos toca ser y hacer… Lo demás, sobre todo cuando caemos en la tentación de la desproporción (convertir la excepción en categoría de “todos son iguales”), es dar pábulo para que el escándalo sea instrumento para el diablo.

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