9 de junio 2020. Los pobres de espíritu.



Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos.



Lo leemos en San Mateo 5, 1-12: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos”. ¿qué tipo de pobreza es la “de espíritu”? En este mundo nadie quiere ser pobre, se ve como un castigo o maldición, el mundo de hoy está enfermo de su orgullo, de su avidez insaciable de riqueza y poder. Las Bienaventuranzas son una promesa de felicidad: no se trata de una felicidad o una satisfacción simplemente humana. El texto griego evangélico usa la expresión “ptochós to pnéuma” (pobres en el espíritu), o según en qué traducción, “los que tienen un corazón pobre”. La pobreza “buena” Hay una pobreza negativa: miseria material o moral, vacío interior, que “por supuesto hay que combatir. Pero también hay una “pobreza que es buena, fuente de vida y de alegría”. Se trata de “una forma de libertad, la libertad de recibirlo todo gratuitamente y darlo todo gratuitamente”. “La pobreza de corazón es a fin de cuentas la libertad de recibirlo todo gratuitamente, sin que nuestro ego, sus pretensiones y reivindicaciones, se interpongan”, explica este biblista. Supone “una muerte a sí mismo, un desprendimiento radical”. Una de las afirmaciones más recurrentes del Antiguo Testamento y en los Salmos en particular es la de la ternura de Dios para con el pobre que acude a Él. Ser pobres es en primer lugar “estar en la verdad de Dios”, reconocer “nuestra limitación radical de criatura” y también “nuestra total dependencia de su amor”. “Esta toma de conciencia conduce a la humildad, al arrepentimiento, pero nunca a la tristeza o al desánimo. Ser pobre de espíritu significa aceptar la total dependencia de la misericordia de Dios. No tener nada, no ser nada por sí mismo, pero recibirlo todo, con una conciencia muy viva de la gratitud absoluta de los dones de Dios. En la pobreza de corazón es muy importante “no reclamar nada, no reivindicar nada por el bien que hemos realizado”.

Los pobres no son “bienaventurados” porque sean pobres. De hecho, a través de todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, se ordena al pueblo de Dios que cuide de los pobres, que ayuden a aliviar una pobreza aplastante.

Los profetas de Israel regañaban a sus líderes por descuidar o incluso abusar de los pobres, indicando, por ejemplo, que los ancianos de Israel y los príncipes, decoraban sus hogares con “botín robado a los pobres” (Isaías 3,14) y los acusaban de actos criminales cuando esclavizaban a los pobres como pago por las deudas (Amos 2,6).

No, la pobreza en sí misma no es una virtud.

La virtud reside en la capacidad de cada uno, tanto si es rico como pobre, de tocar y entender nuestra necesidad del exuberante amor y generosidad de Dios. Se trata de descubrir entro de nosotros una pobreza que nos permite recibir lo que Dios tan generosamente nos concede, que se describe en esta bienaventuranza como “el reino de los cielos.”

Esta recepción de la bendición de Dios no es solo por nuestro propio beneficio, sino que nos equipa para hacer la obra del reino—mostrar compasión, extender la paz, luchar por la justicia y proclamar que lo que Dios ofrece sobrepasa con mucho cualquier cosa que pudiéramos obtener por nuestros propios medios. De hecho, la pobreza de espíritu que alaba Jesús reconocería que incluso nuestras capacidades y logros son dones más que méritos personales.

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