8 de mayo 2020

Actualizado: may 10


Del santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43


En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?» Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"» Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos y le dice: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.


"¿Quién me ha tocado?"»



En 1903 Alexis Carrel, premio nobel de medicina, en su juventud médico ateo. Un compañero que iba a acompañar como doctor a un grupo que peregrinaba a Lourdes no pudo asistir y le pidió que fuera él quien le sustituyera. Accedió a ir para comprobar personalmente la falsedad de los milagros que se atribuían a aquel lugar. Pero allí justamente asistió personalmente a uno de ellos, hecho que le cambió la vida.

Visitó a una mujer moribunda a causa de la tuberculosis. Observó y analizó todos los síntomas. Sin duda, moriría pronto. El milagro se produjo ante sus ojos. Salió de las piscinas y todo había desaparecido. Ese hecho produjo su conversión.


Siempre me he preguntado por qué son pocos los que reciben este don si hay tantos que se acercan a pedir a Dios un milagro.

En el evangelio que leímos, observamos dos milagros. uno directo - la hemorroísa- que se acerca para obtenerlo, y el segundo, un milagro por intercesión; Jairo pide por la salud de su hija.


Jesús va, a petición de Jairo, a su casa a curar a su hija, y va rodeado de gente, que le oprimía, avanzaba lentamente por culpa de la muchedumbre, para llegar a ver a la niña, sin notar la presencia de una mujer enferma.

Ella, se dice a sí misma que con sólo tocar la orla del manto sanará. Y con mucho esfuerzo por el gentío y su propia enfermedad se acerca. Ella tenía que tocarlo, y no importa el malestar, la muchedumbre, ni siquiera que no pudiera hablar con Jesús, se acerca, se arrastra siguiéndolo en medio de todos para tocarlo.

Y lo logra.

Jesús, dándose cuenta que una fuerza salió de Él, pregunta: "¿quién me ha tocado?", tratando de descubrir a esa persona.

Pedro, tal vez exasperado por el gentío le dice: "«Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?

Jesús, dice, "Sólo uno me ha tocado" (Lc. 8-45)


Toda la gente buscaba algo de Jesús, habría muchos que buscaban un milagro, pero no lo tocaron. Sólo ella tenía la fe para "robarle al Señor esta curación".

Jesús no había decidido curarla, no la había visto, pero la fe de ella lo hace posible.


La mujer, tenía enferma años, habría pedido, probablemente la ayuda de Yahvé, había sufrido, y gastado todo, pero su fe no se quebraba. Cuando escucha hablar de Jesús, toma la decisión de ir a buscarlo, probablemente ya tenía pensado cómo sería ese encuentro, que le diría, etc; y ante tanta gente, no se arredra, tiene que tocarlo. Muchos se habrán desilusionado, cansado y abandonado el camino; ella no.

Se arrastra, enferma, tal vez cansada, entre tanta gente con un gran esfuerzo, pero segura: basta tocarlo para quedar sana.

Nosotros que oramos por tantos y tantas cosas; ¿cuántas veces lo hemos tocado? ¿Cuánto insistimos?, ¿hacemos todo lo posible, porque nos atienda?

Jesús se lo dice, tu fe te ha salvado.

Una fe, que hace que ella ponga todo lo que está en su mano por encontrarse con Él, una fe, que ante las dificultades, no se detiene, que busca, improvisa, se arrastra para llegar a Él.


Este ejemplo me recuerda la importancia de la fe, en la constancia por tocar al Señor, sin importar lo que cueste.

No puedo ser de los que sólo acompañan a Jesús, de los que se maravillan de los milagros, conocen su palabra, cumplen sus mandamientos; sino buscar aumentar la fe, que me lleve, como a ella, a conseguir los milagros en mi vida.

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