7 de junio 2020. La santísima trinidad.

Actualizado: jun 9




Evangelio según San Juan 3,16-18.


Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.» El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.


Dios es amor.


Dios Padre nos entregó “a su Hijo Unigénito” dice Jesús. El Padre es dador de todo. En primer lugar, desde la eternidad da todo a su Hijo, como el propio Jesús lo reconoce en su oración al Padre durante la última cena: “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío”. Padre e Hijo comparten idéntica naturaleza divina.

Pero, en el tiempo, Dios Padre también da todo al mundo, al entregar por amor a su Hijo Unigénito. El ‘dar’ del Padre se consuma en el amor del Hijo ‘hasta el extremo’ esto es, hasta la cruz.

Ese don de Dios que es su Hijo Unigénito no fue otorgado a un grupo de elegidos ni de gentes selectas, sino que está destinado “al mundo”. Tiene, pues, una dimensión universal. El mundo entero estaba necesitado de salvación y ha sido redimido por Él para que “no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, “no viene a condenarnos, a echarnos en cara nuestra maldad o nuestra mezquindad: viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos podremos abrir nuestros ojos a un panorama absolutamente nuevo, lleno de relieve, de hondura y de luz”.

“Si Dios nos ha creado, si nos ha redimido, si nos ama hasta el punto de entregar por nosotros a su Hijo unigénito, si nos espera −¡cada día!− como esperaba aquel padre de la parábola a su hijo pródigo, ¿cómo no va a desear que lo tratemos amorosamente?


La Escritura dice que el Padre es fuente y luz: "Me han abandonado; a mí, la fuente de agua viva"; "Has abandonado la fuente de la sabiduría", y según Juan: "Nuestro Dios es luz". Sin embargo, al Hijo, en relación con la fuente, se le llama río, pues «el manantial de Dios, según el salmo, está lleno de agua». En relación con la luz, es llamado resplandor cuando Pablo dice que es "el resplandor de su gloria y el rostro de su esencia". Por lo tanto, el Padre es luz, el Hijo su resplandor..., y en el Hijo, es por el Espíritu que somos iluminados: "Dios os da, dice San Pablo, un Espíritu de sabiduría y revelación para conocerle; que iluminará los ojos de vuestro corazón". Pero cuando somos iluminados, es Cristo quien nos ilumina en Él, ya que la escritura dice: el Padre siendo el «único sabio», el Hijo es su sabiduría, pues "Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios". Ahora bien, es al recibir el Espíritu de sabiduría cuando poseemos al Hijo y adquirimos la sabiduría en Él... El Hijo es la vida, dijo: "Yo soy la vida"; pero dijo que nosotros estamos vivificados por el Espíritu, así Pablo escribe: "El que ha resucitado a Cristo Jesús de entre los muertos vivificará también nuestros cuerpos mortales por el espíritu que habita en nosotros".

        ¿Existe, en la Santa Trinidad, tal correspondencia y unidad, que se podría separar al Hijo del Padre, al Espíritu del Hijo o del Padre? El misterio de Dios no se nos entrega a nuestro espíritu a través de discursos elocuentes,  sino en la fe y en la oración respetuosa, donde el Espíritu Santo nos guía hasta la verdad plena en la casa del Padre.


0 vistas

8711785636

©2020 por Sagrado Corazon. Creada con Wix.com