5 de mayo 2020

Actualizado: may 6


Del santo Evangelio según san Lucas 8, 4-15 En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente, y viniendo a él de todas las ciudades, dijo en parábola: Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó al borde del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre terreno pedregoso, y después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado. Dicho esto, exclamó: El que tenga oídos para oír que oiga.

Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y él dijo: A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan. La parábola quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios. Los del borde del camino, son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten. Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez. Lo que en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.



El que tenga oídos para oír que oiga.



Jesús cuando enseñaba, siempre buscaba ejemplos que todo mundo pudiera entender, cosas de la vida diaria, que llevado a la vida personal hiciera comprender el mensaje y aplicarlo a la vida personal.

Cuando Jesús presenta la parábola del sembrador, lo hace con un mensaje personal a cada uno de los que lo escuchan, pueden sacar un provecho personal, distinto entre los oyentes pero aplicable a todos.

Personalmente me sugiere esta reflexión.


Cada uno de nosotros somos como ese campo del que habla el evangelio, un campo, que está llamado a dar fruto, en donde Dios siembra su palabra y sus gracias, pero muchas veces esa semilla no da el fruto esperado, porque como en la parábola, la tierra donde cae la semilla está dura, con poca tierra o entre maleza.

Habrá aspectos en mí, por mi carácter, historia o intereses que hacen que muchas veces no dé el fruto esperado. Cuando el sembrador siembra, él no prepara la tierra, quiero suponer que es el dueño el que debe preparar esa tierra, para que toda la semilla sembrada de fruto.

Dios en su plan, quiere que florezca en todos los campos, no sólo en uno en particular, pero eso ya depende de cada uno, de nuestro esfuerzo y constancia.

Esto requiere un profundo conocimiento de mi persona, de mis fortalezas y debilidades, en cada uno de los aspectos de mi vida.

Si toda la tierra que tengo fuera tierra buena, es decir ya preparada para la siembra, mi vida estaría llena de unos frutos increíbles, que es lo que Dios quiere de mí.


Habrá que ver si hay algo en mi vida que se haya endurecido, en donde el pecado o algún defecto no permite que penetre la semilla, y por lo tanto, soy yo el que debo preparar ese terreno; puede ser por el egoísmo, la soberbia o dureza al tratar a los demás. Si no me ablando difícilmente podrá crecer nada, por lo que tengo que esforzarme con paciencia, sacrificio, y entrega, hasta que logre preparar mi corazón.

Tal vez, en mi vida, la semilla penetra, pero está rodeada de piedras que no permitirán que esa semilla se arraigue, y las dificultades y la poca tierra, impaciencia, vanidad o poco espíritu de sacrificio, haga que se seque la semilla.

La vida de todas las personas está rodeada de problemas, dificultades, situaciones difíciles, que sería la maleza, y si no tengo cuidado, ahogarán la semilla. Jesús al explicar este tipo de tierra, habla de los problemas, vanidades, placeres y riquezas, que no me dejarán dar fruto, por estar demasiado pendiente de estas hierbas que a la larga matarán la semilla.


Y por último la semilla que cayó en tierra buena, la que produce fruto, irá brotando poco a poco, aunque no lo perciba, hasta que se multiplique la semilla.

En todos los casos, todo depende del dueño de la tierra, no del sembrador, porque todos estamos llamados a dar mucho fruto, un fruto que permanece que con paciencia y la ayuda de Dios podemos lograr un fruto abundante para mi vida y la de los demás.






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