31 de julio. San Ignacio de Loyola.

Actualizado: ago 14


Evangelio según San Lucas.


En aquel tiempo, mucha gente caminaba con Jesús, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.


»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.


»O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».



San Ignacio de Loyola.


Hoy, celebrando la memoria de san Ignacio de Loyola, tomamos conciencia de que los tiempos siempre son “tiempos de Dios”. La época de san Ignacio —como tantas otras— no fue fácil ni para Europa ni para la Iglesia: décadas en las que los papas residieron en Aviñón; el cisma de Occidente (con tres papas a la vez, cada uno de ellos pretendiendo ser el auténtico)… hasta desembocar en la reforma protestante.


Ignacio de Loyola tomó este evangelio al pie de la letra, que la de identificarse con Jesucristo: «El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío» . Jesús humilde, pobre, obediente, misericordioso… Durante la pasión, el silencio y la discreción fueron su “protesta”.


Ignacio de Loyola vivió años de vida cortesana, soñando con aires de grandeza —podríamos decir— “caballeresca”. Pero la obligada convalecencia, como consecuencia de una herida de guerra, fue la providencial ocasión para leer reposadamente la vida de Jesucristo y la de algunos santos: Esto le “despertó” el espíritu: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?», comenzó a preguntarse.


Los nuestros son también tiempos necesitados de “reforma”: "Nuestra fuerza es de Dios". He aquí que san Ignacio —despojándose de cosas y sueños— comenzó a entregarse a la vida de oración y a la atención de los demás. En ese camino se le juntaron unos cuantos compañeros con los que fundó la Compañía de Jesús, ¡una fundación que ha canalizado incontables frutos dentro de la Iglesia!.

Todo ese bien que se ha hecho a través de la fidelidad de un hombre, y de tomar el evangelio sin cortapisas y vivirlo de modo íntegro, y dejarse llevar por el Espíritu Santo, en donde se niega a sí mismo y deja que brille el Señor.


Cada uno de nosotros hemos recibido esta invitación, seguir al Señor donde Él actuara para hacer que brille la paz la justicia, el amor.

Ahora depende de nosotros que esto florezca, que esto llegue a todas parte.


La entrega es total, pero la obra será divina.


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