30 de junio 2020.

Actualizado: jul 1

Evangelio según San Mateo 8,23


Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía.

Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole

: "¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!". El les respondió: "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?". Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma. Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".


"¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!"



Tami Ashcraft recuerda con absoluta nitidez su experiencia con una tormenta. La describe así:

"De pronto nos encontramos cara a cara con la tormenta. Era como una inmensa y oscura criatura que nos hubiera estado siguiendo y que, por fin, hubiera hecho presa. Fueron nueve horas aterradoras en las que Tami y Richard trataron de mantenerse a flote. «Richard sujetaba con todas sus fuerzas el timón mientras el barco ascendía para después emprender el descenso en caída libre".


Tras varias horas luchando, Richard ordenó a Tami que fuera a descansar al interior del barco. Parecía que había pasado lo peor. Pero entonces Tami distinguió un deje de terror en la mirada de Richard, que se aferró al timón. Fue la última vez que vi aquellos preciosos ojos azules. Cerré la escotilla y al bajar los escalones escuché un grito desgarrador». Una ola monstruosa le hizo vociferar: ¡¡Oh, Dios mío! Debía de medir más de 20 metros, incluso 30: el violento impacto destrozó el velero en el mar.


Sólo el que ha vivido una experiencia como esta sabe lo que significa la desesperación y angustia por tratar de mantener una barca a flote en medio de la tormenta.


Jesús, tal vez por el cansancio se quedó dormido, mientras los discípulos navegaban rumbo a la Decápolis, al otro lado del mar de Galilea. De repente se desata una tormenta, varios de los discípulos eran pescadores por lo que sabían como salir a flote, sin embargo, esta tormenta era distinta, no podían contra ella, y ya extenuados y desesperados despiertan al Maestro : "sálvanos Señor, que nos hundimos".

Él, en medio de la tormenta los reprende por su falta de fe, por el miedo que les invadía, para después increpar el viento y al mar y volvió una gran calma.


En nuestra vida hay tormentas, algunas las podemos dominar, pero muchas de ellas nos llenan de temor, al ver lo que se avecina y sentirnos desamparados y solos ante la dificultad, es común que sintamos que nadie nos puede ayudar, y que el mismo Dios va dormido y no participa de mi sufrimiento o desesperación. Sin embargo no podemos perder de vista que Jesús va en nuestra barca, y no importa lo que sea, Él vendrá para salir airosos de la prueba.

Jesús reprocha a los discípulos el miedo que tienen, no porque la tormenta no sea algo difícil de sortear, sino porque le damos más importancia al problema que a la gracia de Dios. Porque nuestra fe se tambalea ante las dificultades, porque no acabamos de confiar el Él.

Con cuenta frecuencia vivimos esta situación, e inclusive nos vamos hundiendo desesperados, sin recurrir al Señor para que nos ayude, que sea Él el que calme los vientos o el mar embravecido, que devuelva la calma a nuestra vida.

No podemos perder esto de vista, Él va conmigo, y con Él todo lo puedo, solamente es necesario despertarlo para que actúe.


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