30 de julio. Las parábolas del reino.


Evangelio según San Mateo 13,47-53.

Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?". "Sí", le respondieron. Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo". Cuando Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí.


En el evangelio de San Mateo se recogen unas enseñanzas de Jesús que nos hablan del Reino de Dios y que exponen la fuerza de la predicación. Jesús habla de semillas y de cómo éstas se desarrollan sin el concurso del sembrador, porque ellas mismas llevan dentro la fuerza reproductora que hace extender su potencia en nuevas plantas. Pues este ejemplo es recurrente para el Señor y nos lo ofrece en varias parábolas: la parábola del sembrador; a continuación presenta la parábola del trigo y de la cizaña; y también la del grano de mostaza y la de la levadura. Con estas palabras, que insisten en la sencillez y humildad del sembrador, nos enseña la fuerza expansiva de su predicación en la tierra y ya nos está lanzando un mensaje a nosotros, llamados a predicar el Reino de Dios, para que confiemos más en la acción del Espíritu Santo, que es el que viene en ayuda de nuestra debilidad, es el que abre un horizonte de esperanza a la humanidad entera, y el que nos ayuda a pedir a Dios en la oración lo que más nos conviene.

En todas ellas nos habla de la fuerza vital del Evangelio es tan grande que puede llegar a todos los rincones de la tierra como sucede con la fuerza transformadora de la levadura. El mensaje de Jesús es claro y va al fondo de nuestra responsabilidad para que nos tomemos en serio la tarea de sembrar la Palabra, de anuncia el Reino y de gastarnos y desgastarnos en el anuncio de la Buena Noticia. El anuncio de los testigos consiste en dar fe de la bondad, la justicia y misericordia de Dios, que nos protege a todos con un exquisito cuidado, porque su poder es inabarcable, su poder es el principio de la justicia, dice el Libro de la Sabiduría, y no se cansa de ser paciente con cada uno de nosotros.

En esta parábola se habla de la realidad del mal que está también presente en nuestro mundo y que no ha sido cosa de Dios, sino del diablo, que es un sembrador de maldad y división en los corazones de los creyentes y, como dice San Pedro, es como un león que busca a quién devorar. San Pedro dice que la solución es resistir firmes en la fe, pero que nadie se engañe, que no cesará en su pérfida intención. Junto a la buena semilla de Cristo aparece la cizaña del enemigo, por eso debemos estar listos y atentos, porque Dios puede abrir caminos de esperanza, incluso a aquellos que se dejaron tentar del adversario, porque por encima de todo está la gracia y la fuerza de Dios, una gracia que es transformadora y puede tocar los corazones y llamar a la conversión. Tener conciencia de que somos débiles, de nuestras flaquezas y pecados, nos pone en actitud de conversión. Miremos a Cristo, sólo a Él, porque quién nos hace justos, rectos y santos es sólo Dios y el Señor tiene abierta la puerta del perdón.


Este reino puede ya vivirse, y experimentarlo, y continuará en la eternidad con plenitud y sin dificultades.

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