29 de mayo 2020. La higuera y la vid.

Actualizado: may 29



Evangelio según san Lucas, 13,1.


En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios.

Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.

O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?

No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.»

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador: “Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?”

Pero él le respondió: “Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono,

por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.”»

Por si da fruto en adelante.

El rey Salomón escribió en Eclesiastés 9:11 que “tiempo y ocasión acontecen a todos”. No siempre tenemos control sobre los hechos que nos afectan como consecuencia del apresurado ritmo de la vida y de los acontecimientos diarios.

Jesús quería demostrar que estas pobres personas eran como todos los seres humanos, con debilidades y fortalezas, y que repentinamente se vieron enfrentadas a un hecho que trastocó sus existencias. Jesús aprovecha ese hecho para hacer un llamado al arrepentimiento, que es el primer paso para dar fruto, ya que no sabemos el día ni la hora que el dueño nos pida los frutos de nuestra vida.

Llama la atención que busque frutos de una higuera plantada en medio de un viñedo. Va específicamente a buscar higos, no menciona el viñedo y al no encontrarlos prefiere cortar el árbol para “no cansar la tierra”.

Muchas veces en nuestra vida, para justificar nuestras acciones ponemos el acento en los demás, si producen, si actúan de tal a cual modo, si dan o no frutos, sin ponernos a meditar que cada uno es irrepetible, y que los frutos que al dueño le importan son los míos, no los de los demás.

Ya han pasado 3 años sin fruto, dice el texto, a pesar del riego y cuidado, sólo produce follaje, toda su fuerza se va en la apariencia, algo que de nada sirve ya que lo suyo debería ser dar higos, y puesto que no los da, prefiere cortarla.

Esto nos plantea una pregunta ¿si viniera el dueño de mi vida, encontrará los frutos que Él desea en mí?.

El fruto no lo marco yo, es lo que Él espera de mí, para lo que me ha dado sus dones y cualidades, por lo que me ha seguido regando y podando, para recibir mis frutos.

Deberíamos hacer un examen, en los años de vida que tengo ¿Cuáles son mis frutos? O tal vez se va en apariencia sin hacer lo que Él espera de mí.

Cada uno de nosotros tenemos el tiempo contado, no lo marcamos nosotros ni las circunstancias, y es por eso que deberíamos plantearnos primero que todo ¿qué frutos estoy dando?, ¿qué frutos puedo dar, y qué tengo que hacer para darlos?.

Son preguntas que nos llevan al sentido profundo de nuestra vida. Los frutos son según la persona, cada uno llamado a algo específico.

Contamos con el viñador, Cristo, que es el que nos prepara para producir, nos dará el abono y la misericordia que necesito, pero poco mas puede hacer si yo me niego a dar los frutos que me pide.

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