28 de junio 2020. Toma tu cruz.

Actualizado: jul 1


Evangelio según San Mateo 10,37-42.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa".


El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.


El primero de los mandamientos, amar a Dios sobre todas las cosas, es un mandamiento que muchas veces no comprendemos, pasamos rápidamente sobre él, presuponiendo que Dios está por encima de todo, pero cuando Jesús nos dice que si no lo amo por encima de padres, hijos o demás personas se convierte en un problema: ¿qué significa amarlo más?, el amor a un padre o a un hijo es un amor pleno profundo total, acompañado de la sensibilidad.

Como diría San Agustín: ¿Qué es lo que amo, cuando amo a Dios? No una belleza corpórea, ni una armonía temporal, ni el brillo de la luz, tan apreciada por estos ojos míos; ni las dulces melodías y variaciones tonales del canto ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas, ni el maná ni la miel, ni los miembros atrayentes a los abrazos de la carne. Nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo una especie de luz y una especie de voz, y una especie de olor, y una especie de comida, y una especie de abrazo cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, comida y abrazo de mi hombre interior. Aquí resplandece ante mi alma una luz que no está circunscrita por el espacio; resuena lo que no arrastra consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; se saborea lo que la voracidad no desgasta; queda profundamente inserto lo que la saciedad no puede extirpar. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.


Amar a Dios es ponerlo en primer lugar, por encima de las personas, situaciones, gustos, por encima de todo.

Amar a Dios es cumplir su voluntad, es buscar hacer todo lo que me pide, todo lo que Él espera de mí.


Este amor sólo se realiza plenamente cuando tomo mi cruz, es decir, mis responsabilidades, compromisos y cuando me niego, es decir cuando no busco mi felicidad, mi realización, mi vida por encima de Él y de lo que Él me pide.

No es posible amar a Dios, si no lo veo en lo que me rodea, en las personas, en la vida, en todo y busco en cada uno de los que me rodean.


Tomar mi cruz, es entregarme, no importa la dificultad, pensando en los demás, que son un reflejo del Señor.

Es lo más difícil de hacer, se requiere un gran amor y una gran fe, para poder descubrir al Señor en cada momento de mi vida, en lo que me rodea, ver todo como un reflejo del Señor que me acompaña.

Amar al Señor es vivir como Él vivió, sabiendo que está junto a mí que siempre me acompaña.

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