27 de mayo 2020. Evangelio según san Juan.

Actualizado: may 28




Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.

Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.

Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada.

Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo.

No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno.

Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo.

Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad.

Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo.

Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.


Ellos no son del mundo.


La unidad es un gran anhelo que hay en el corazón de nuestro Señor. La unidad es algo que nos fortalece como matrimonio, como familia, como iglesia, como ciudad, como nación. Es un elemento que indudablemente nos fortalece mucho y qué nos ayuda a salir victoriosos.

Es importante saber que hay un espíritu de división que opera hoy en día y cuyo objetivo es separar, romper, debilitar. Hay una sobre valoración de la individualidad, que nos lleva a pensar sólo en mí, en lo que yo quiero, anhelo, me gusta o tengo derecho, y que muchas veces entra en conflicto con los que me rodean.

Sin embargo la unidad se construye en la base del respeto, aceptación, generosidad, no con pocos sacrificio. La unidad se construye, día a día, en donde ponemos nuestra atención en lo que nos une, no en lo que nos divide.

Al contemplar a los apóstoles vemos como cada uno de ellos eran de una forma de ser muy distinta entre sí, Jesús nunca los quiso iguales, cada uno con una personalidad y temperamento que en ocasiones pareciera que eran incompatibles, pero todos con un mismo amor al Señor, con un mismo deseo de ser uno, con la disposición de enseñar lo que el Señor les pedía.

La unidad por la que ruega Jesús al Padre es la unidad en el amor y la fe, que a pesar de los distintos puntos de vista todos busquen estar unidos en el Señor.

Es la unidad que el Señor pide, no la del mundo que se basa en la fuerza, el poder o la amenaza, que está infestada por el maligno, sino la que busca el reino de Dios, en la entrega y servicio. Es la unidad en la diversidad, que nos lleva a tener un solo corazón y un solo espíritu. La unidad no se impone bajo amenaza, sino se sugiere como camino de realización del plan de Dios.

San Pablo lo dice claramente: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan".

Ese amor de Dios se manifiesta en la unidad del matrimonio, de la familia, de la iglesia, y cada uno de nosotros somos constructores de esa unidad.

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