24 de julio. El buen samaritano.

Actualizado: hace 6 días


Evangelio de San Lucas 10, 25.


Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» El le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?» Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.» Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.» Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?» Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo.Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» El dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo.»"

Vete y haz tú lo mismo.


La parábola del buen samaritano surgió como respuesta a una pregunta sobre la vida eterna. No se trataba de una pregunta honesta, pero sí era una buena pregunta y una pregunta normal, que fue formulada por un intérprete de la ley.

El Señor tenía una manera muy adecuada de tratar las preguntas. Las respondía formulando otra pregunta. El método permite que el que formula la pregunta, sea el que la responda.


Es posible que este intérprete de la ley fuese un levita y que al oír esto se haya sentido aludido de una manera personal.

Hay 4 actores principales en la parábola: el hombre despojado y golpeado, el sacerdote, el levita, el samaritano.


El hombre asaltado.

No nos dice el texto nada de él, sólo sabemos que iba de Jerusalén a Jericó, cuando fue atacado. No sabemos ni siquiera si era judío o no, bueno o malo, joven o mayor; nada.

Este hombre es figura de todo hombre que encontramos en nuestro camino, en nuestra vida, una persona que necesita ayuda, independientemente de su pasado, su historia o su haber.


El sacerdote.

Este hombre es un hombre de Dios que conoce la escritura, sabe interpretar lo que dice la ley, sabe que los mandamientos hablan de ayudar al prójimo, sin embargo, le saca la vuelta; tal vez porque tiene prisa, tiene miedo que sea una emboscada, piensa que el herido ha recibido su castigo, o cualquier otro motivo le saca la vuelta y pasa de largo.


El levita.

Era un hombre estudioso que enseñaba al pueblo, su vida estaba consagrada a Dios, pero también pasa de largo, ni siquiera se detiene a ver al herido, no tiene tiempo que perder y tal vez ese hombre recibió lo que merecía.


El samaritano.

Al igual que los Judíos, los samaritanos creyeron en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Sin embargo, se creían que el Monte Gerizim era el único lugar de sacrificio y culto en oposición al templo en Jerusalén. No creían en todo el antiguo testamento, sólo en los primeros cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Estas creencias separaron aún más a los samaritanos de sus vecinos judíos. Eran considerados por los judíos como traidores y enemigos de los judíos y rechazaban todo trato con ellos.


El samaritano de la parábola, se acerca, y tiene compasión del herido. Tiene sentimientos de tristeza que produce el ver padecer a alguien y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o evitarlo.

Este hombre le venda las heridas, le ofrece su propia cabalgadura, lo hospeda y lo cuida, y al dejarlo deja pagado lo que este hombre pueda necesitar.


Ante estos tres ejemplos podemos meditar: de los tres, ¿ a quién me parezco con respecto del prójimo? Ante el dolor y sufrimiento del que pasa junto a mí, cómo reacciono , ¿qué hago por ellos?


Creo que lo que verdaderamente importa no es el pagar, sino el acercarnos, sentir esa compasión y tratar de ayudarlo, independientemente de quien sea el herido.

Ayudar o sentir el dolor de un ser querido es algo normal, pero hacerlo con otros que pasan junto a mí, no siempre sucede.

Cada uno de nosotros con su vida, problemas y dificultades corremos el riesgo de seguir adelante ante las heridas de los demás, de no parar, de no querer "involucrarnos" porque ya tenemos nuestros propios problemas, sin embargo el mandato de Jesús, si queremos ganar la vida eterna es hacer lo mismo del samaritano.

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