2 de junio 2020. Pagar impuestos.


Evangelio según San Marcos 12,13-17.

Le enviaron después a unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones. Ellos fueron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarla o no?". Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: "¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario". Cuando se lo mostraron, preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Respondieron: "Del César". Entonces Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios". Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta.



Den a Dios, lo que es de Dios.


En Palestina en los días de Jesús, los romanos eran los más poderosos, tenían sojuzgado al pueblo junto con todo medio oriente, y controlaban la tierra con ejércitos poderosos y bien entrenados. El emperador romano nombraba a un gobernador (procurador) que estaba a cargo de recaudar impuestos e impedir que la gente se rebelase contra Roma. Los romanos cobraban altos impuestos por la tierra, los bienes y los alimentos provenientes tanto del comercio como de una herencia. Los agricultores y los pobres eran los que más sufrían bajo este sistema de impuestos.

Los judíos tenían una fuerte sensación de injusticia, y estaban convencidos que no debían pagar impuestos cuando ellos eran el pueblo elegido por Yahvé.

Los fariseos y herodianos, que eran defensores de los pactos con los romanos, quieren sorprenderlo y así poder acusar a Jesús que recomienda no pagar y querer soliviantar al pueblo, provocando una revuelta, y causar muerte, dolor, y represión.

La moneda de uso común era el denario, moneda romana, la que se exigía en el pago de impuestos, y por eso Jesús les pide que le muestren un denario para después distinguir de las obligaciones civiles de las obligaciones espirituales.


En ocasiones mezclamos asuntos de orden espiritual con el orden temporal. Tendrán puntos en común, pero cada uno tiene su propio objeto y propio fin, sin tener nada que ver entre ellos.

Dios nos pide guardar la justicia, el bien y la verdad entre otros principios, y salvándolos en las cosas temporales, podremos realizar cualquier asunto de orden económico o civil que permita una ley temporal. Una ley civil nunca podrá condicionar una ley moral, que tiene primogenitura y valor absoluto.

Existe el principio de honrar a los padres, sin embargo ninguna ley civil me obliga a cumplirlo, de ahí que hay una ofensa a Dios, pero no a los hombres.


Cuando una ley civil atenta contra un principio moral, no tengo la obligación de cumplir esa norma, no obstante no me libra de la multa o el castigo que se imponga por romper la regla.


Mi trato y relación con Dios se basa en cumplir con sus mandatos, con su voluntad, en donde, tal vez en algún momento afecta a cosas temporales o civiles, pero no es lo civil lo que justifica o no el hecho, es la conciencia formada el los principios recibidos del Señor.


Mi vida como cristiano se debe basar en cumplir con lo que Cristo espera de mí, que abarca e incluye muchos aspectos humanos y materiales.

Mi vida como ciudadano implica cumplir con las leyes civiles, pero por amor a Dios y buscando el bien de los más desprotegidos.

Mi deber es cumplir las dos, pero de cara al Señor, mi vida se basa en sus mandamientos, que incluyen los distintos aspectos de la vida humana como la justicia, solidaridad, respeto, búsqueda del bien, etc.

Un buen cristiano siempre es un buen ciudadano, siempre que las normas sean justas y equitativas.

El seguidor del Señor sabe dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.











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