18 de mayo 2020. El regreso del hijo pródigo.

Actualizado: may 20



Jesús dijo también: «Un hombre tenía dos hijos.

El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde". Y el padre les repartió sus bienes.

Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.

Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.

Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.

El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!".

Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;

ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros".

Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.

El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo".

Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.

Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,

porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado". Y comenzó la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.

Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.

El le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero y engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo".

El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,

pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.

¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!".

Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.

Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado"».


Su padre lo vio y se conmovió profundamente.


Jesús enseñaba a menudo con parábolas. Narraba una situación común para dar una enseñanza moral y así aprovecha para que el oyente meditara sobre su vida. Los fariseos y maestros de la ley no entendían por qué Jesús dedicaba tiempo a personas que no tenían buena reputación. Jesús quiere dejar claro que para Él, para Dios, todos somos valiosos.

Nos presenta a un padre con dos hijos, tenían una vida acomodada, bendecida pero con principios bajo el mando del padre.


El hijo menor.


El pequeño, no le gusta esa vida, quiere aprovechar su juventud en placeres y exige algo que no ha ganado y no quiere vivir con las normas y principios del padre, y le pide que le dé su parte. Exige un derecho que sólo hasta la muerte del padre podía reclamar, pero él de algún modo, no quiere al padre, quiere los bienes y se aleja a un país lejano a vivir de modo disoluto, sin importarle cómo deja a ese padre, este joven prefiere las riquezas a él. No le importa si lo lastima, si lo deja con pena, tristeza o preocupación, quiere alejarse cuanto antes de ese padre y su molesta forma de vivir.

Y una vez que lo ha gastado todo, busca un trabajo, sabía trabajar porque su padre le había enseñado, pero sólo consiguió cuidar cerdos, que eran animales malditos, y él tenía que humillarse para cuidarlos, queriendo inclusive comer la comida de los cerdos.

Siente hambre, y recuerda que en casa de su padre hay comida. No piensa en su padre, en cómo está, en lo que siente o lo que lo ha lastimado y despreciado.

Le mueve el hambre, pero sabe que después de cómo se portó, no se puede presentar a comer, sin antes disculparse. Y se pone en marcha.


El hijo mayor.


En la narración nos dice que el padre, cuando le dio al pequeño su parte, también le entregó al mayor la suya, nos dice el texto: "les repartió sus bienes".

El hijo mayor también se benefició del reparto, además de seguir viviendo, trabajando, comiendo en la casa del padre, seguro y confiado que además cuando el padre falte él recibirá todo. Cuando se da cuenta de que ha vuelto el hermano, se aleja, se queda fuera, enojado y no participa del retorno, no se siente vinculado al pequeño y le reprocha al padre que lo haya recibido y que además haga una fiesta y mate el becerro gordo, para celebrarlo.

Tampoco piensa en el padre, piensa en él, que a él no le han dado un becerro para celebrar, que él nunca ha tenido necesidad, porque siempre ha estado en la casa del padre.

El texto nos deja en suspenso sobre lo que va a hacer. No sabemos si reconsidera o se queda fuera, amargado, duro, o por el contrario entra a la casa con su padre.


El padre.


Cuando aún estaba lejos, el padre lo vio y se conmovió, y corrió a su encuentro. Es el padre, quien sale corriendo y recibe al hijo, siempre he imaginado a un hombre mayor que corre torpemente para acortar la distancia con el hijo que le ha abandonado. Él lo abraza, lo cubre de besos y no pide explicaciones, no le reprime ni regaña, sino que, lo viste, le manda poner sandalias y lo reconoce como hijo y heredero al darle el anillo, y apresura al los criados a preparar una fiesta.

El padre no ve los errores, ve a sus hijos. Sabe que lo han hecho mal sus hijos, pero al primero lo busca, al segundo va y le ruega. En los dos casos, es el padre quien toma la iniciativa para recobrar a los hijos. Lo que menos importa es el dinero, el becerro o el anillo, ya depende de ellos vivir en la casa del padre.


Creo que todo mundo, en algún momento de la vida se han alejado de la casa del padre, ha utilizado sus bienes para derrocharlos de modo egoísta pensando en placeres y vanidades, y derrotados se vuelven a la casa del padre, como lugar seguro donde pueden rehacer y corregir los errores. Pero también una vez instalados en la casa de ese padre, existe la tentación de volverse duros, juzgando, rechazando y condenando a los que se han alejado, y con el deseo de poder rechazarlos porque esos no merecen nada, porque no son como los que viven en la casa del padre.


Es el padre, esa figura a la que todos deberíamos de tender. Tener esa generosidad, disponibilidad, búsqueda de los alejados, que perdona, acoge, que sale a buscar y hace reflexionar a los duros de corazón, que si es necesario que ruega y sobre todo que no pierde de vista a las personas, que invita a celebrar lo que se ha recobrado y que celebra a pesar de los errores.










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