18 de junio 2020. Salió el sembrador a sembrar.

Actualizado: jun 24



Evangelio: Mt 13,1-23


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».


Cayeron en tierra buena y dieron fruto.



Siempre que sembramos algo, buscamos que florezca, que dé fruto, un fruto hermoso, rebosante, pleno. Buscamos que las condiciones de la siembra sean las óptimas, preparamos la tierra, cuidamos la temperatura y la idoneidad de la semilla para que brote fuerte y vigorosa y recrearnos con el resultado de tanto esfuerzo.


Cuando Jesús dice la parábola del sembrador, mediante un ejemplo sencillo quiere que se profundice en la vida, la de sus oyentes, la nuestra y veamos los frutos logrados de todo lo que Él ha sembrado en nosotros.


En la parábola, nos habla de 4 tipos de terreno distintos, en donde la semilla siendo la misma tiene un resultado diferente.

El camino.


Nos presenta la semilla que cae el camino, normalmente es tierra dura, no preparada para la siembra, no tiene hendidura, ni agua, nada la penetra, y todo lo que cae ahí se pierde, no se aprovecha.

Puede ser la desconfianza que nos hace distanciarnos de los demás, la dureza de corazón que no es capaz de disculpar ni comprender la debilidad o la caída, la cerrazón del corazón que no se permite comprender, esperar o disculpar los errores ajenos, y ni todas las gracias recibidas hacen que se ablande ese corazón.


El pedregal.


En ocasiones hay cosas o momentos que nos hacen pensar, surge el deseo de ayudar, o cambiar, o hacer algo por alguien más, sin embargo, cuando se hace difícil, cuando no recibo el aliento o el apoyo, fácilmente lo dejo, abandono para dejarlo en un sueño, un deseo que brotó con ilusión, pero no tenía raíz y por el sol se secó.

La falta de tierra, las piedras que no permiten enraizar la semilla, el sol hace que esos buenos propósitos se sequen, se agosten y mueran.


Abrojos.


Otras veces, junto con los buenos deseos y propósitos, se mezcla el egoísmo, la pereza, la vanidad, la falta de fe, y esto ahoga todas las buenas intenciones del corazón, las pasiones van creciendo y matando todo deseo de perfección de ayuda y servicio, y tristemente no se da el fruto, o es un fruto mezclardo con ira, envidia, orgullo o cualquier otra pasión desordenada.


Tierra buena.


Tenemos también la tierra buena, una tierra lista, preparada para recibir la semilla, una tierra ya cultivada y enriquecida con la voluntad, la constancia, la inteligencia y la entrega.

Recibe la semilla, y brota la planta que nos dará el fruto.


Todos hemos recibido un corazón, unos dones, una vida que tiene un gran potencial para dar fruto, pero este no se dará sólo con desearlo, tengo que trabajar mi campo, tal vez haya partes duras, que tengo que ablandar, espacios desperdiciados que tengo que integrar, piedras o cizaña que no deja crecer nada; ya recibí el campo, la semilla, la inteligencia y formación, ahora soy yo el que debe darlo todo, prepararlo para dar un fruto abundante, generoso.

De nada sirve fijarme en otros campos, otras tierras, si son o no mejores, si dan mucho o poco fruto, lo que importa es que mi tierra la prepare, que haga lo que tenga que hacer para cosechar para la vida eterna.




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