16 de mayo 2020. Somos ciudadanos del cielo.

Actualizado: may 20

Evangelio según San Juan


Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.»


Uds. no son del mundo.


San Agustín nos enseña con mucha claridad la existencia de dos ciudades: la ciudad de Dios y la ciudad del mundo. La ciudad de Dios es unificada por la caridad que puede crecer y decrecer, y su fin es el establecimiento de la ciudad celeste.

“Dos amores fundaron dos ciudades, es a saber: la terrena el amor propio hasta llegar a menospreciar a Dios, la celestial el amor a Dios hasta llegar al desprecio de sí mismo. La primera puso su gloria en sí misma, y la segunda, en el Señor; porque la primera busca el honor y la gloria de los hombres, y la otra estima por suma gloria a Dios"


Jesús nos ha invitado a ser parte de su reino, pero para eso debo renunciar al mundo y sus vanidades, sabiendo que si elijo a Dios, el mundo me odiará, y si elijo el mundo no podré ser parte de Dios.

El mundo es el egoísmo, la soberbia, la vanidad, prepotencia, y todas las pasiones desordenadas, pero en estas dos opciones soy yo el que elijo, nadie me obliga, y es una opción que tengo que vivirla todos los días.

Las cosas creadas, en sí mismas no son malas, si se usan adecuadamente, pero en el momento que me dejo llevar por ellas, en que me olvido del camino que Dios me ha marcado y si me dejo llevar por las tentaciones, dejo de pertenecer al Señor para ser del mundo.

No me puedo quedar en medio, no puedo servir a dos señores, porque terminaré sirviendo a uno y odiando al otro y esta es la gran paradoja del mundo de hoy: quiero ser de Dios, pero disfrutando el mundo y sus placeres.

No es que tenga que renunciar a los bienes, sino usarlos como medios para seguir el camino que Dios me ha dado, para hacer el bien.

Si decido seguir el camino de Dios, tengo que ser consciente de que habrá lucha, esfuerzo, trabajo, no todo será parabienes ni éxitos humanos, seguir las huellas de Jesús en cada momento y en cada situación de mi vida, buscando vivir en el mundo sin ser del mundo.


Viviendo en cualquier parte, dando muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Igual que todos, los que son de Dios se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común,  

Vivimos en la carne, pero no según la carne. Vivimos en la tierra, pero nuestro hogar está en el Cielo. Obedecemos las leyes establecidas. Amando a todos, a pesar de ser perseguidos. Hoy en día Se muchas veces se nos rechaza sin conocernos.

Es el camino que siguió Jesús, y no hay otro para sus fieles. Un camino que da libertad, felicidad y paz, pero que pasa por la cruz. Pero en este camino no voy solo, Jesús va conmigo y me conduce a la felicidad plena.




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